Para Schopenhauer la física solo es capaz de ofrecernos explicaciones etiológicas, lo que Immanuel Kant llamaría el “mundo fenoménico”, es decir, aquellas que se refieren a las causas y sus efectos, esos son los dos famosos personajes del cuento de Newton y su manzana, la causa es la gravedad y el efecto es la caída de la manzana, Newton pensó que la gravedad era una fuerza que atrae entre sí a los objetos que tienen masa, hoy sabemos que la gravedad no es una fuerza, sino que es la curvatura del espacio—tiempo causada por la masa de los objetos; sin embargo, más allá de todas las explicaciones que nos ofrece la física no conseguimos ni la menor aclaración sobre la “esencia íntima” de cada uno de esos fenómenos, esa esencia es lo que Schopenhauer denomina la “fuerza de la naturaleza” y radica fuera del dominio de la explicación etiológica, más allá del fenómeno, de sus causas, de sus efectos y de las leyes que lo rigen; causa y efecto son las dos caras de una misma moneda, causa y efecto son lo que Schopenhauer denomina las “leyes de la naturaleza”, empero, la fuerza que en ellas se manifiesta, la esencia íntima de los fenómenos que se comportan conforme a estas leyes, sigue evadiendo toda explicación “científica”; durante la década del ‘60 la agencia espacial de los Estados Unidos envió misiones de exploración hacia los planetas Marte, Venus y Mercurio, el programa Mariner, uno de los objetivos de las sondas era determinar si había vida en Marte, para esto le solicitaron al científico James Lovelock que diseñe algún artefacto que permitiera detectar la presencia de vida en Marte, durante las investigaciones de este desarrollo Lovelock descubrió que la salinidad de los océanos de la Tierra se ha mantenido invariable durante miles y millones de años, se dio cuenta de que si la salinidad aumenta o disminuye, aunque sea levemente, toda la vida de los océanos se perdería y con ella la vida del resto del planeta, Lovelock entendía cuáles podrían llegar a ser los mecanismos que regulasen el nivel de sal en los océanos, sus causas y sus efectos, pero por más que se esforzó, nunca pudo descubrir la esencia de ese mecanismo, cómo es que la naturaleza hace para mensurar, evaluar y regular ese vital equilibrio; a fines del siglo XVII Newton comprendió la trascendencia de la ley de gravedad, se dio cuenta de que no solo rige la caída de una manzana, sino que también rige el movimiento de los planetas, entendió perfectamente la mecánica detrás de la dinámica de los astros, pero no pudo explicar su esencia, ¿cuál sería el “destino” de un planeta sin una órbita?, ¿cuál es la fuerza que mantiene ese perfecto equilibrio?, si la órbita del planeta se acerca levemente hacia el Sol nos cocinaríamos, sí, por el contrario, se alejase del Sol nos congelaríamos; la vida en el planeta depende de muchos factores, serían infinitos de nombrar los aspectos que se tienen que equilibrar para que la vida pueda continuar inmutable su curso, conocemos las leyes que rigen estos fenómenos, sus orígenes, sus causas y sus efectos, pero todavía no conocemos la esencia de estos mecanismos ni las fuerzas que logran mantenerlos en equilibrio durante tantos miles y millones de años, a esos fenómenos que rigen el equilibrio Schopenhauer los identifica como las fuerzas que actúan en la Naturaleza, fuerzas que adoptan aspectos y nombres diversos (gravedad, magnetismo, electricidad, estímulo, motivo) en sus manifestaciones fenoménicas, pero que en sí son una única e idéntica fuerza, “la voluntad de vivir”, la esencia del mundo es voluntad, para Schopenhauer la voluntad de vivir es la que equilibra las fuerzas interiores y las leyes exteriores; aunque todavía no logramos captar lo trascendental, eso que se esconde detrás de todos los fenómenos que nos rodean, sí podemos ver la manifestación de eso que Schopenhauer llama la voluntad de vivir, esa armonía eterna que mantiene en equilibrio a la naturaleza.
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